Water-Prólogo

Bien, basta de hacer el tonto. Ya estoy harto de crear historias que nunca lee nadie, hago una página cada dos semanas y me cansó. Pues no, ahora voy enserio, pretendo hacer 7-8 páginas semanales. A muchos no os gustará lo que escribo. Bien, me la suda. Allá vamos.







Prólogo.

Un niño de aproximadamente unos 9 años caminaba por un prado sólo, a lo lejos se veía el pueblo donde el vivía. Era huérfano, un día había aparecido en medio de la calle de aquel pueblo, el niño, era algo extraño, y la gente le dio de lado. Se dedicaba a vivir sólo donde pudiera.
Mirad, es el niño raro otra vez —gritó otro niño de la calle.
Es ese que hace cosas raras con las manos.
¡Vayámonos rápido!
El niño, tras ver como le daban de lado, se tiró al suelo y comenzó a llorar. Tras varios minutos en el suelo apareció otro niño de unos 8 años de edad delante de él.
Hola —saludó el recién llegado—. Me llamo Zack. ¿Y tú?
Me... —dudó antes de seguir—. Me llamo Locke.
Encantado Locke. Tú eres el chico ese al que le tienen miedo, ¿verdad?
Sí...
Pues no lo entiendo. Con lo simpático que eres —Zack soltó una carcajada—. Yo también soy huérfano. La señora Praty me cuida en su casa. Supongo que no le importará cuidar de otro chico. ¿Vienes?
Locke lloró de alegría. Nunca en su vida nadie le había tratado tan bien.
Muchas gracias, Zack.
Y... ¿Por qué te teme la gente, Locke?
Locke se puso en pie, ya que, durante todo ese momento había estado en el suelo, la gran alegría recibida por parte de Zack le animo a levantarse.
Mira —Locke señaló su mano izquierda, la cual estaba extendida.
De ella comenzó a salir agua, un agua limpia y cristalina que comenzó a ascender en forma de chorro hacia la cabeza de Locke, dio la vuelta a su cabeza y la volvió a traer hasta su mano. Zack estaba perplejo:
No entiendo como te tienen miedo. Eso que haces está genial. Pe-pero, ¿cómo lo haces?
Ni idea, cuando aparecí en el prado ya sabía hacerlo, creo que el poder me viene gracias a este pañuelo —señaló su muñeca izquierda. Allí había un pañuelo anudado a ésta. De color azul y liso, sin ningún dibujo.
Creo que me lo voy a pasar muy bien contigo en casa de la señora Praty.
La señora Praty, era una mujer de unos 50 años, que vivía en Kuro, el pueblo donde vivían Zack, ella y Locke —este en la calle—. Era una mujer con el pelo canoso, anteriormente rubio, tenía varias arrugas en la cara, la nariz menuda y unos ojos azules muy bonitos. Era la mujer más buena del mundo, cuidaba de sus 3 perros y 2 gatos y de todos los jóvenes que necesitaban ayuda en el pueblo, además, había acogido a Zack, un niño huérfano que había aparecido con 3 años. Ella no se enteró de la noticia de que otro niño había aparecido 2 años después, ya que estuvo enferma. Si no, también hubiera acogido a Locke. Con tal solo 6 años, Locke pudo vivir en la calle, sin ayuda de nadie, tenía una habilidad especial para sobrevivir. Además el agua no era un problema, ya que, siempre que lloviera, el podía coger el agua y bebérsela. Era otra de sus habilidades con el agua, aparte de crearla. Locke necesitaba beber 50 litros de agua al día. Pero encontrarla no era problema para él.
¿Qué hacéis aquí para divertiros? —preguntó Locke.
A veces jugamos con espadas, nos encantan, la señora Praty es aficionada a ellas y un día nos regaló una a mí y a Sara.
¿Sara?
Es la nieta de la señora Praty. Bueno, ¿te llevo a casa?
Casa... A Locke se le saltaban las lágrimas.
Sí, por favor.
* * *

Habían pasado ya 6 años desde que la señora Praty había acogido a Locke en su casa, él se las había arreglado para caerles bien a Sara y la señora Praty enseguida, a ellas no les importaba ni lo más mínimo su control del agua, de echo, les fascinaba y Sara, que con tan solo 8 años ya sabía lo que quería hacer en un futuro, había dicho que le gustaría estudiarlo de mayor. Locke se avergonzó en ese momento, se imaginó a si mismo desnudo delante de Sara mientras ella lo veía. En esos 6 años había mejorado en su control del agua, si colocaba su mano izquierda en otra parte de su cuerpo podía transferir el agua desde la mano hasta la parte tocada. Si mantenía la mano 2 segundos en otra parte del cuerpo, podía usar agua en esa parte durante 2 segundos. Era bastante sencillo.
Un joven de unos 15 años caminaba por una calle de un pueblo. Era rubio, tenía el pelo largo con flequillo, aunque en ese momento una capucha la tapaba la cabeza, tenía los ojos pequeños y de color marrón, la nariz pequeña y en su boca, casi siempre había una sonrisa, era valiente y fuerte, física y psicologicamente.
Eh, mirad chicos, ese es el capullo que hace cosas raras con el agua —un veinteañero con el pelo de punta se burlaba del joven de la capucha. El resto de sus amigos le reían las gracias—. ¿Nunca te han dicho que con al comida no se juega? ¿Cómo te llamas? ¿Agua-mierda?
Sus otros amigos le reían las gracias, el joven ignoró aquello y continuo andando ajeno a las risas.
Tienes suerte de que esa vieja estúpida de cuide.
El joven se detuvo en seco. Se dio la vuelta y se dirigió a donde estaba el veinteañero. Se paró delante suyo.
¿Qué me vas a hacer Agua-mierda? —sus amigos soltaban una carcajada tras otra.
Yo no le veo la gracia...
El veinteañero le escupió en la capucha.
Mi nombre... —cogió al de las burlas por el cuello con su mano derecha—. ¡Es Locke!
Tras decir eso, alrededor se su mano izquierda surgió agua, y le pegó un puñetazo al otro, dejandole la cara llena de sangre. Pese a ser agua, tenía un poder abrumador. Los amigos del joven salieron corriendo asustados. Locke posó su mano izquierda en su mano derecha durante tres segundos, se dio la vuelta hacía donde estaban los que huían y les lanzó dos chorros, uno por cada mano, estos cayeron al suelo y se golpearon la cara con él. Locke levantó las manos y las junto, creó una enorme burbuja de agua que lanzó sobre los jóvenes. Y para la sorpresa de estos, era sorprendentemente pesada, por lo cual, quedaron aturdidos. Se volvió otra vez hacia el que le había pegado el puñetazo, le miró y sonrió. Con un chasquido, el escupitajo que había lanzado el otro volvió hacia él y le dio en la cara.
Así aprenderéis a no meteros con Locke Praty, capullos.
Tras decir eso, prosiguió su marchas hacía su casa. Sonriendo. Hacía 6 años que no dejaba de hacerlo.

Tercer capítulo de la historia de Raquel.

Mayo, en cualquier punto del mundo.
Sentada en una de las repisas de un edificio abandonado, deshabitado, destruido...con un café caliente entre las manos, me dedico a observar a todas las personas que pasan e intento hacer un pequeño análisis de sus rostros y como no, de sus pensamientos. Sus rostros expresan más bien poco lo que están pensando. Una chica de unos treinta años corre rápidamente en busca de un taxi que está parado justo en un semáforo. Cuando llega, con una sonrisa, se adentra en el taxi y le dice al conductor donde se dirige. Un niño y una mujer mayor van andando pausadamente por la acera. El niño no piensa más que en llegar a casa y la señora mayor, que supongo que es su abuela, piensa que le quedan muchas tiendas que recorrer para preparar la comida de ese día. Ella le dedica una sonrisa y el se la devuelve, aunque en realidad está pensando que no aguanta más.
Un dolor de cabeza bastante grande llega, tanto que el café se me resbala de las manos, manchándome todo el pantalón y parte de la camiseta. Maldigo en un susurro, levanto la mirada. Sólo una persona me mira, con unos ojos azules fijos, justo en la otra acera, vestido con unos pantalones demasiado bajos, con una camiseta lisa de color marrón y con una melena rubia, me dedica una sonrisa. Y una voz entra en mi mente.
< ¿Está caliente el café?>
¿Qué ha sido eso? ¿Quién ha dicho eso?
< Estoy delante tuya, me estaba mirando hace un momento, y por lo que veo casi se te cae la baba>-dice con un tono burlón.
< A mi no se me cae la baba>- digo poco convencida.
<Bueno, hasta luego> comenta.
< No, espera>- le contesto nerviosa.
<¿Tanto me necesitas?> se burla.
<No, lo que quiero saber es como que podemos comunicarnos de esta forma>
< Esta noche a las once y media aquí, en este mismo sitio> me contesta convencido.
<Pero...>
Pero nada, el ya se ha marchado, le he perdido. Hace un momento estaba en frente mía, y es como si el aire se le hubiera llevado. Un suspiro, dos.
¿Cómo es posible que el también pueda? Me ha leído la mente, y yo se la he leído a él.
Nunca había experimentado esto y me siento de los más confusa. Nunca me había comunicado con alguien que no fuera Bruno, mi hermano. Nunca había sentido una voz tan desconcertante en mi mente. Nunca.
Ha dicho que a las once y media en este mismo sitio, pero, ¿debería fiarme?. Sigue siendo un desconocido.
Cuando dejo de pensar me doy cuenta que mi ropa sigue empapada de café que poco a poco se va secando. Estaba esperando a acabarme de beber el café para dirigirme al hospital que está dos calles arriba de esta.
Me levanto, me sacudo un poco la camiseta, la coloco bien. Uff, que mancha. Pero no voy a volver a casa a cambiarme para volver aquí. Tiro el bote de café a la basura y con paso avergonzado me dirijo a ver a Laia.
He llegado al hospital. Y hoy presiento que la noche va a ser muy larga, demasiado larga.
Y cuando cruzo la puerta, una imagen de unos ojos azules se proyecta en mi mente.
Sí, iré.