Tercer capítulo de la historia de Raquel.

Mayo, en cualquier punto del mundo.
Sentada en una de las repisas de un edificio abandonado, deshabitado, destruido...con un café caliente entre las manos, me dedico a observar a todas las personas que pasan e intento hacer un pequeño análisis de sus rostros y como no, de sus pensamientos. Sus rostros expresan más bien poco lo que están pensando. Una chica de unos treinta años corre rápidamente en busca de un taxi que está parado justo en un semáforo. Cuando llega, con una sonrisa, se adentra en el taxi y le dice al conductor donde se dirige. Un niño y una mujer mayor van andando pausadamente por la acera. El niño no piensa más que en llegar a casa y la señora mayor, que supongo que es su abuela, piensa que le quedan muchas tiendas que recorrer para preparar la comida de ese día. Ella le dedica una sonrisa y el se la devuelve, aunque en realidad está pensando que no aguanta más.
Un dolor de cabeza bastante grande llega, tanto que el café se me resbala de las manos, manchándome todo el pantalón y parte de la camiseta. Maldigo en un susurro, levanto la mirada. Sólo una persona me mira, con unos ojos azules fijos, justo en la otra acera, vestido con unos pantalones demasiado bajos, con una camiseta lisa de color marrón y con una melena rubia, me dedica una sonrisa. Y una voz entra en mi mente.
< ¿Está caliente el café?>
¿Qué ha sido eso? ¿Quién ha dicho eso?
< Estoy delante tuya, me estaba mirando hace un momento, y por lo que veo casi se te cae la baba>-dice con un tono burlón.
< A mi no se me cae la baba>- digo poco convencida.
<Bueno, hasta luego> comenta.
< No, espera>- le contesto nerviosa.
<¿Tanto me necesitas?> se burla.
<No, lo que quiero saber es como que podemos comunicarnos de esta forma>
< Esta noche a las once y media aquí, en este mismo sitio> me contesta convencido.
<Pero...>
Pero nada, el ya se ha marchado, le he perdido. Hace un momento estaba en frente mía, y es como si el aire se le hubiera llevado. Un suspiro, dos.
¿Cómo es posible que el también pueda? Me ha leído la mente, y yo se la he leído a él.
Nunca había experimentado esto y me siento de los más confusa. Nunca me había comunicado con alguien que no fuera Bruno, mi hermano. Nunca había sentido una voz tan desconcertante en mi mente. Nunca.
Ha dicho que a las once y media en este mismo sitio, pero, ¿debería fiarme?. Sigue siendo un desconocido.
Cuando dejo de pensar me doy cuenta que mi ropa sigue empapada de café que poco a poco se va secando. Estaba esperando a acabarme de beber el café para dirigirme al hospital que está dos calles arriba de esta.
Me levanto, me sacudo un poco la camiseta, la coloco bien. Uff, que mancha. Pero no voy a volver a casa a cambiarme para volver aquí. Tiro el bote de café a la basura y con paso avergonzado me dirijo a ver a Laia.
He llegado al hospital. Y hoy presiento que la noche va a ser muy larga, demasiado larga.
Y cuando cruzo la puerta, una imagen de unos ojos azules se proyecta en mi mente.
Sí, iré.

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